El mercado de los superdeportivos ha contado con diferentes marcas involucradas
a lo largo de la historia, pero si hiciéramos una encuesta entre el gran público
dos se llevarían la palma: Porsche y Ferrari. Tras ellas, podemos enumerar otras
como Aston Martin, Maserati, Corvette o Lamborghini, especializadas en vehículos
de altas prestaciones; fabricantes como Bugatti, con vehículos como el Veyron
que se salen de lo razonable; u otras como BMW, Mercedes u Honda que tienen
alguna versión de superdeportivo -léase M6, SLR o NSX-. No sabemos si Audi, con
la llegada del R8 alcanzará con el tiempo la casta popular de Porsche o
Ferrari, pero de lo que no cabe duda es que atributos tiene.La firma de
Ingolstadt lleva invirtiendo en la competición más de 70 años, con logros como
ser el primer automóvil de competición con motor central o, el más reciente,
haber ganado las 24 horas de Le-Mans con un motor diesel. Esto no presupone un
superdeportivo de calle que pueda codearse con los mejores, pero viene bien para
los potenciales clientes que puedan ser un tanto reacios a la marca. En lo que
sí que no hay duda es en la calidad de los diseños de las últimas realizaciones
de Audi, y de lo cual el R8 se aprovecha. Por cualquiera de los ángulos que se
mire, es diferente. La parte delantera es, quizás, la que mejor se identifique
con Audi por mantener la parrilla característica, aunque con el emblema de los
cuatro aros sobre el capó. Las ópticas son, francamente, espectaculares.
Combinan la luz de xenón para carretera con los leds para las de posición, pero
que incluso de día estas últimas son plenamente visibles y añaden exclusividad
al conjunto. A finales de año el R8 se convertirá en el primer automóvil de
serie en incorporar la tecnología LED al conjunto de funciones de las ópticas.
Los pasos de ruedas -tremendas además con sus 19"- son predominantes en el
diseño general del coche, con un habitáculo que desde fuera pudiera parecer
minúsculo pero que, como veremos luego, no es así. El capó sorprende por su
importante inclinación, y que viene dada por un parabrisas muy adelantado. Tras
las puertas se sitúa un panel personalizable por el cliente que separa el
habitáculo del vano motor, que por cierto, cuenta con una tapa de cristal
transparente que deja la mecánica a la vista, al más puro estilo de Ferrari. La
parte trasera es la menos original, puesto que recuerda muchísimo a varias
realizaciones de Lamborghini -otra marca del grupo-.
En el interior está una de las principales características diferenciadores de
este Audi R8 respecto a su competencia directa. Conductor y acompañante no
tropiezan hombro con hombro, básicamente por haber una generosa consola central
de por medio, y aunque la posición de conducción es baja no se conduce
excesivamente estirado -más de lo habitual en la marca pero no muy lejos de
modelos de uso diario de otras marcas-. En este sentido, es algo más
cómodo que un Porsche e infinitamente mejor que un Ferrari, a la par de un BMW
M6, por ejemplo. El acabado general es bueno, pero en este sentido no está a la
altura de la competencia y del precio que anuncia. Aunque cuenta con el cuero
como aliado, hay muchas zonas en las que este noble material no está presente y
la calidad de los plásticos empleados no dejan una buena sensación. De hecho,
durante la prueba y aún siendo en circuito se apreciaban ligeros crujidos que
llegaban desde los aireadores centrales. Lo mismo ocurre con el plástico
imitación de aluminio que bordea la consola central superior, y que sometido a
presión "se queja". Son detalles, pero que pueden ser insalvables para quien
está dispuesto a pagar casi veinte millones de las antiguas pesetas por un
automóvil.
Y hasta aquí las cualidades que redundan en lo estático, pero un
superdeportivo debe destacar en lo dinámico y en ello el motor es el
protagonista. Se trata de una variante del V8 de 4.2 litros ya estrenado en el
RS4, un motor atmosférico con inyección directa de gasolina. Rinde la misma
potencia máxima de 420 CV a 7.800 rpm, con un par máximo de 430 Nm entre las
4.500 y las 6.000 rpm. Las principales aportaciones en el R8 de esta mecánica se
basan en una lubricación por cárter seco y un sistema de admisión mejorado. Con
la primera medida se consigue que el motor vaya colocado más bajo, mientras que
el nuevo sistema de admisión proporciona inmediatez de respuesta y consigue el
mencionado par constante, toda vez que influye en el impactante sonido que emana
este motor.
Y es que nada más arrancarlo el R8 deja bien claro sus intenciones. Es
bronco, muy bronco... más cerca de motores turboalimentados que de mecánicas
atmosféricas si somos meros espectadores. En el interior es diferente, algo más
agudo por tener prácticamente en la nuca el bloque motor y dejar de ser tan
notorios los escapes. La unidad probada equipaba el cambio robotizado de seis
marchas que Audi denomina R Tronic. Es idéntico al manual pero con los
pertinentes motores y accionadores eléctricos, y una electrónica que gobierna el
conjunto. Tiene tres modos de funcionamiento: uno totalmente automático, otro
manual y un tercer modo deportivo que se puede combinar con el automatismo o no.
Si elegimos esta última opción conseguiremos reducir notablemente el tiempo de
cambio entre marchas y llegar hasta un régimen algo más alto.
El circuito de pruebas no fue especialmente rápido, con la mayoría de curvas
de segunda y tercera velocidad. No obstante, sacamos suficiente conclusiones del
comportamiento dinámico del R8. Nada más salir a pista aplastamos el acelerador
contra el suelo, consiguiendo una aceleración contundente y constante,
acompañados por un estruendo que invade por completo el habitáculo. Las marchas
se suceden con rapidez, aunque no es el sistema más rápido entre cambios. La
dirección se nota algo suave en su accionamiento, pero suficientemente precisa
hasta la velocidad que pudimos alcanzar -en torno a los 165 km/h en algunas
zonas-.
En materia de suspensiones y salvo que montemos la opción magnética ya
exhibida en su hermano menor el TT, sorprende por un notable equilibrio entre
eficacia y confort. El R8 no balancea lo más mínimo, y mantiene un notable nivel
de confort. Los asientos son muy cómodos pero no recogen del todo bien, en parte
por el cuero. Las solicitudes al volante son correspondidas de inmediato, con un
comportamiento tremendamente sencillo con el ESP conectado. Ante el más mínimo
amago de pérdida de adherencia, la electrónica sale en nuestra ayuda. Esto es
tranquilizador para situaciones delicadas, puesto que transmitir 420 CV al suelo
no es tarea sencilla en asfalto mojado, por ejemplo. Y todo, a pesar del sistema
de tracción a las cuatro ruedas del R8. El sistema es similar al que emplea
Lamborghini en sus modelos, interconectando los ejes trasero y delantero por
medio de un diferencial de tipo viscoso. En condiciones normales el reparto de
potencia es de 90% al eje trasero y el 10% restante al delantero. Esta
proporción puede variar hasta el 35% al eje delantero, pero no más. De esta
forma se garantiza la motricidad aunque manteniendo cierta preponderancia sobre
eje trasero.
Con la práctica total ausencia de irregularidades en el asfalto del circuito
en el que probamos el R8, es difícil sacar conclusiones de la rigidez de este
chasis, que no es monocasco. El que bastidor y carrocería sean de aluminio es un
plus de exclusividad, aunque no vemos que ayude de forma definitiva en el peso:
un Porsche 911 Carrera 4 pesa 85 kg. menos, mientras que un 911 Turbo con 60
caballos más es tan solo 25 kg. más pesado.
¿Y frena? Pues sí, sí que frena... y muy bien. Las ruedas delanteras acogen
unos generosos discos de 380mm construidos en una mezcla de acero y aluminio
(aluminio en el interior y acero en donde pegan las pastillas), con pinzas de
nada menos que 8 pistones. Los discos traseros no son menos, y sobre sus 356mm
de diámetro friccionan pinzas de 4 pistones. Durante una larga jornada de
pruebas en circuito, no desfallecieron ni lo más mínimo. De hecho, una de las
dos unidades disponibles se fulminó el juego de pastillas en unas cuantas horas
sin que se mostraran síntomas de fatiga. ¡Un diez!
Hemos dejado para el final lo subjetivo, las sensaciones... el sabor de boca
que nos ha dejado. Si fuéramos uno de los afortunados mortales que pudieran
comprarse un superdeportivo, el Audi R8 estaría entre nuestros favoritos. ¿Por
qué? Muy simple: es el más razonable de todos. No es el mejor en casi nada, pero
sí que podría asegurar que es el más equilibrado y el más utilizable en el día a
día. Su estética además es muy poderosa, hace volver todas las miradas y su
sonido... ¿qué decir de su ronco bramido?
Eso sí, hay que tener paciencia. Acceder a él obliga a seis meses de espera
-de momento- tras desembolsar unos 120.000 euros, tiempo suficiente para que las
aseguradoras incluyan este modelo en su base de datos...
|
|