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Uno de los motivos por los que puede presumir Land Rover, es por haber mantenido a través de los años una identidad a toda prueba, a pesar de haber tenido socios
japoneses o alemanes y ahora ser propiedad de Ford. Aun así, los TT de la marca se siguen fabricando con el mismo enfoque de siempre.
Y es que seguramente Land Rover junto con Jeep, sean los únicos fabricantes de TT que
mejor han sabido respetar la filosofía del todo terreno, dejando en la medida de lo posible de lado las modas, concentrándose en no perder mucha capacidad para desenvolverse por terrenos difíciles.
Todo ello sin olvidarse de la carretera, algo que cada día es más complicado porque para conseguir un buen comportamiento en el campo y en el asfalto hace falta hilar muy fino, algo que Land Rover aprendió con los anteriores Discovery y las
últimas evoluciones del Range Rover; que son todo un ejemplo de como se puede civilizar al máximo un TT, sin perder un ápice de movilidad en el campo.
Estéticamente el frontal del Freelander 2 es muy parecido al del actual Range, con formas absolutamente cuadradas, más aun si cabe que en los primitivos modelos, ofreciendo una anatomía muy
poderosa que lo diferencia notablemente del resto de los SUV. Desde luego la estética puede gustar o no, pero no hay duda de que a los Land Rover no les falta personalidad.
El acabado tanto de la carrocería como del interior es muy bueno, con unos materiales de aspecto sólido y excelente calidad percibida, al mismo nivel de sus competidores alemanes y japoneses. Las líneas rotundas del salpicadero tampoco dejan ninguna duda de que estamos a bordo de un
auténtico Land Rover, ni tampoco los asientos delanteros bastante cómodos y con amplios reglajes que aseguran un excelente confort, aunque las banquetas resultan algo cortas como es habitual en Land
Rover. El espacio en la parte posterior permite acomodarse a tres adultos cómodamente, a condición de no ser muy corpulentos,
mientras que el volumen del maletero admite con holgura el equipaje de cinco pasajeros.
Para propulsar al nuevo Freelander se ha recurrido a uno de los nuevos motores turbodiesel que tiene Ford, fruto de la colaboración con el grupo
PSA: el potente y elástico 2,2 litros de doble turbo de los C5, C6 y 407, que ha sido retocado por Land Rover para adaptarlo al Freelander. Diversos órganos mecánicos han sido reubicados y otros eliminados, para hacer frente a una utilización más exigente que la habitual de un turismo. Por esta razón, los dos turbos en
paralelo han sido sustituidos por uno solo de paso variable y colocado mas alto, encapsulado como en el Discovery para protegerlo en la utilización TT del agua y del
barro. Esto le hace perder al propulsor diez caballos, en favor de una mayor simplicidad mecánica, sin embargo el par máximo se ha incrementado en
30 Nm a un régimen 500 rpm mas elevado. El resultado es muy satisfactorio, ofreciendo una zona de utilización que muy pocos diesel de su categoría, por no decir ninguno, pueden ofrecer. A 1500 rpm el propulsor ya empuja con mucha autoridad, manteniéndose en plena forma hasta sobrepasar ligeramente las 4000
rpm. Este comportamiento es esencial sobre todo en el campo, donde la elasticidad de un motor marca la diferencia entre pasar o no, máxime contando con que el Freelander no tiene reductora.
La nueva versión también incorpora el “invento” de Land Rover, el Terrain Response, estrenado en el Discovery
3. Se trata de un sistema electrónico que mediante un selector modifica una serie de parámetros,
como el control de tracción, el acoplamiento del eje posterior, conecta el control de
descenso o modifica la curva de par del motor y la rapidez de respuesta del acelerador, con lo que en la practica simplifica enormemente el transitar por terrenos difíciles, pudiendo el conductor concentrarse en la conducción con la garantía de que la electrónica embarcada nos sacara del apuro, o por lo menos hará casi lo mismo que un conductor experto. En su momento pudimos comprobar en una zona de
dunas que con el selector en posición arena, el Freelander se movía sin el más mínimo problema, quedando inmovilizado fácilmente si lo situábamos en posición asfalto.
El funcionamiento es verdaderamente asombroso, y cualquiera que piense adquirir un Todo Terreno debería probarlo.
Llega la hora de la carretera y nuestro Freelander demuestra el equilibrio conseguido por Land Rover en esta segunda versión de su único SUV. En carretera de montaña el comportamiento es francamente bueno, bastante cercano al de cualquier monovolumen actual. Si hay pérdidas de adherencia, por ejemplo al acelerar en una horquilla, entra rapidísimamente en acción la tracción trasera y todo vuelve
de inmediato a la normalidad. Además, el embrague central que transmite la fuerza al eje posterior es sumamente progresivo, quedando lejos de otras realizaciones en las que la brusquedad del acoplamiento resulta molesto, además de perjudicial para la mecánica. La suspensión controla perfectamente los movimientos parásitos de la carrocería, resultando incluso seca en extensión en algunos tipos de baches abordados a bastante
velocidad; en autopista esa misma firmeza le dota de unas reacciones rápidas y seguras.
Resumiendo, el Freelander es el único Todo Camino que puede llegar a aventurarse por lugares en los que normalmente solo transitan los
TT. Desde luego no debemos pretender seguir a un Mercedes G, a un Range o a cualquier otro Todo Terreno especializado, pero
sí que es capaz de dar un juego casi igual al de muchos TT de las últimas generaciones.
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